Columna de Opinión |Hagamos llover

Las lluvias de las últimas semanas cayeron con fuerza y abundancia, y trajeron alegría, alivio, y esperanza, sobre todo en las partes más afectadas por la megasequía. Las precipitaciones, que ya han superado en volumen las lluvias que recibimos en todo el 2021, aumentaron el agua en  los embalses y las reservas de nieve, hicieron crecer a los ríos, y nos recordaron años ya pasados pero recientes, de una normalidad climática y abundancia hídrica, que no sabemos si podremos recuperar. Aunque no resolvieron el problema hídrico y el déficit hídrico se mantiene, las lluvias limpiaron el aire y nos dieron un respiro para poder confrontar esta crisis hídrica y adaptarnos a un futuro con bajas precipitaciones y poca probabilidad de volver a la disponibilidad hídrica de décadas anteriores.

Ante este escenario, necesitamos de una estrategia que asegure agua a toda expresión de la vida, incluyendo a los que no tienen voz, las comunidades marginalizadas, las futuras generaciones, la naturaleza, los animales.  Necesitamos aprender a vivir con menos agua y transitar hacia una nueva cultura hídrica, una que valora, cuida y protege las fuentes, que garantice la vida antes que el lucro, que priorice el agua para el uso humano y ecosistémico ante cualquier otro, sin excepciones. 

Para llegar a adaptarnos a vivir con menos agua, debemos pasar por un proceso de transición que necesita nuevos modos y escalas de gestión y gobernanza, y nuevos criterios y lógicas de distribución y acceso a ella. La transición hídrica precisa también de nuevas tecnologías e infraestructuras, que a veces se asocian a nuevas fuentes de agua (como las instalaciones para captar aguas lluvia o la camanchaca, las plantas que desalinizan y distribuyen el agua del mar, instalaciones de reciclaje o recuperación de aguas grises o servidas, más toda la infraestructura energética que es necesaria para su funcionamiento).

Para que estas soluciones puedan garantizar una transición hídrica justa e inclusiva, estas deben ser locales, surgidas del mismo territorio y su gente. En un planeta degradado por la actividad industrial, no podemos seguir apostando a soluciones industriales; proyectos como la desalinización masiva o la carretera hídrica dan una falsa (y muy costosa) sensación de seguridad, no nos permiten adaptarnos a la realidad climática y no logran garantizar agua para todos, ni proteger a los ecosistemas y las fuentes continentales de agua. Debemos buscar respuestas en el mismo desierto, en la resiliencia y adaptabilidad de sus pueblos, en el conocimiento local, ancestral, y de género. Debemos mirar a nuestro pasado para encontrar soluciones para el futuro.

Ante este escenario, necesitamos de una estrategia que asegure agua a toda expresión de la vida, incluyendo a los que no tienen voz, las comunidades marginalizadas, las futuras generaciones, la naturaleza, los animales. 

Para resolver la crisis hídrica no podemos hacer llover de nuevo. Pero podemos insistir en que esta crisis no es meramente ambiental, sino también política, es una crisis del modelo hídrico chileno, y se desarrolla en conjunto con crisis energéticas y alimentarias. Podemos demandar soluciones locales y acorde al territorio donde vivimos; pedir restricciones y mayor fiscalización en el uso productivo del agua, cuestionar el consumo hídrico minero en el desierto, la expansión de monocultivos agrícolas y forestales, la falta de planes de gestión integrada de aguas urbanas. Podemos disputar el uso poco eficiente del agua en la agricultura, el bajo porcentaje de reutilización de aguas grises, y el despilfarro de agua por pérdidas de las redes urbanas (un 40% del agua que se distribuye “se pierde” por fallas de las cañerías).

Estas acciones no traerán la lluvia, pero sí pueden disminuir la demanda del agua y por tanto aumentar su disponibilidad. Demandar una reducción del consumo de agua en todos los sectores y una gestión de aguas más justa y transparente, es nuestra manera de hacer llover.

MARÍA CHRISTINA FRAGKOU

Académica del departamento de Geografía de la Universidad de Chile.

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