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Cambios en la Universidad

Cambios en la Universidad

Son cambios que vienen desde el mundo cultural anglosajón, y que dicen relación con lo que allí se llama accountability, es decir, la capacidad y disposición para dar cuenta pública de los métodos así como de los resultados que operan en las instituciones de enseñanza superior. Aparecen, pues, los rankings, los indicadores, las evaluaciones y en general una serie de dispositivos destinados a ponerle notas a todo. Antes eso valía sólo para los estudiantes. Ahora se evalúa a los profesores, a los departamentos, a la investigación, a las facultades, a la infraestructura, a la retención del alumnado, a la administración y gestión institucionales, a las carreras, a las universidades. Quedan atrás  los tiempos en que unos seres presuntamente superiores calificaban a otros presuntamente inferiores. En estos momentos todos los actores del sistema universitario están -estamos- sometidos a un escrutinio permanente.

En los países desarrollados, donde la media de aportes estatales a las universidades públicas es responsable y muy alejado del sistema chileno (entre la mitad y el total de los recursos de una universidad pública europea o de países anglosajones vienen del estado), la idea reinante es que a las universidades se les financia pero ellas tienen que demostrar que lo están haciendo bien. En Chile diríase que el sistema se pensó para la Universidad Católica, a la que le calza por su cultura y estructura, y que en cambio a las universidades públicoestatales e incluso a las privadas a veces le sirve y a veces no.

Para la Universidad de Chile y su profunda cultura democrática, humanista y tolerante resultará siempre un poco mezquino resolver su misión en un conjunto de indicadores: de lo que se trata, de lo que se ha tratado siempre entre nosotros, es del espíritu de la universidad, de un conjunto de experiencias humanas, de un mundo irradiante que cuando se parcela en mediciones específicas pierde parte importante de sus poderes.

No es menos cierto sin embargo que en las universidades públicas de cualquier parte del mundo se enquistan vicios de funcionamiento que con la accountability se atenúan. La endogamia universitaria, esa tendencia a que son siempre los amigos los que nombran a los amigos o los que dejan que se beneficie a los amigos de otros para después ser beneficiados por ellos, queda dificultada cuando operan reglas justas y transparentes en la carrera académica. Por otra parte, no está nada mal conocer la opinión de los estudiantes, o el índice de doctorados, o la calidad de la investigación y las publicaciones de una universidad o un académico a través de los índices de citaciones.

La Universidad de Chile sacará partido de esta nueva situación sólo si logra compatibilizar dos principios. Por una parte, debe quedar claro que nuestra institución practica lo que predica. Las evaluaciones docentes, las calificaciones, los procesos de jerarquización y adscripción, los encasillamientos, tienen la virtud de mostrar lo que cada cual pesa realmente como académico o académica, nos guste o no el resultado. Y conste que estamos hablando no ya de "profesores" (que enseñan) sino de "académicos", que cultivan el conocimiento. En suma, quienes prestamos funciones de este tipo en la Universidad de Chile haremos bien en asumir activamente la cultura de la evaluación como un rasgo más de la vida universitaria.

Eso no implica, por cierto, reducir la vida académica a una especie de planta de revisión técnica donde todo son formularios e indicadores. El peligro de una desviación de este tipo es ceder la conducción de nuestra universidad a los más mateos -que a veces son los mejores y a veces no- y, peor aún, fomentar una suerte de oportunismo académico en el sentido de que no sería ya la propia convicción ética de cada cual el motor de la conducta, sino el continuo temor a una evaluación negativa y el acomodo a hacer aquello que puntúe más. Nuestra comunidad universitaria debe proteger sus costumbres, su espíritu, sus ambientes, y tiene la obligación de retener a quienes hacen buenos aportes. La democratización "por abajo" del rol del profesor en clase, por ejemplo, puede generar desviaciones importantes. Cuando un académico que no opina queda mejor evaluado que otro que se la juega con sus opiniones -y que en ese sentido cumple con el espíritu crítico que solicita nuestro estatuto-, algo está saliendo mal en esa evaluación. Los instrumentos de medir deben adaptarse a las dinámicas de enseñanza (o de investigación, creación o extensión) y no al revés. Los formularios son habitualmente confeccionados por burócratas, operan por casilleros, arrojan unos índices y no son un espejo dialéctico de la realidad. Son instrumentos, no fines últimos.

Se trata, pues, de compaginar la ética profunda de la actividad universitaria con unas decencias mínimas que nos obligan a someter nuestra labor a algún tipo de escrutinio. Una institución no puede instalarse en el desorden o en la inconsistencia. Los reglamentos deben cumplirse en su sentido profundo, para eso están. No debiera una facultad de más de doscientos académicos armarle un arreglo excepcional a cada uno de esos académicos, porque ello conduce a la ingobernabilidad y al estancamiento. Quien ingresa a la carrera académica ordinaria debe entender y cumplir cabalmente sus compromisos.

Nuestro desafío actual es instalar -en la Universidad, en nuestra facultad- una cultura donde no se considere una ofensa exigirle a un académico o académica que dé cuenta de su productividad. Es un deber institucional. Al mismo tiempo, tenemos la obligación de preservar los rasgos de nuestro ser institucional con todo lo que comporta, con su vocación de servicio, su espíritu de tolerancia y equidad, su complejidad.

No está la universidad sólo para crear expertos. También está para contener la vida intelectual, para acoger el diálogo y el contraste de pareceres, para generar continuamente visiones de contexto donde esté presente la totalidad de lo real. Se trata de algo más que de resolver problemas: hay que saber dónde están los problemas, poniendo en duda permanentemente la realidad, interpretándola, abordándola creativamente.

Nota Publicada en el Diario El Mostrador, 10 de Marzo de 2011

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