Raúl Molina Otárola. La partida del último naturalista

Santiago, 10 de octubre de 2022

Raúl Molina Otárola fue un geógrafo de otro tiempo. Formado en la Universidad de Chile de fines de los ’70 e inicios de los ‘80, cuando Geografía aún estaba en Instituto Pedagógico, su formación la realizó de la mano de un profundo compromiso político en contra de la dictadura, en años donde esto tenía un alto costo personal que podía significar cárcel, detenciones e incluso desapariciones. Realizó posteriormente sus estudios de Magíster en Geografía cuando ya estábamos en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, iniciándose los ’90. Posteriormente realizó el Doctorado en Antropología en la Universidad Católica del Norte, ya situados en el nuevo milenio, realizando en dicho contexto una importante estadía en la Universidad de Granada, España. Su mirada a la geografía articulada estrechamente con el significado de habitar la tierra, lo llevaron a ser uno de los más relevantes exponentes de la geografía cultural, legado que queda plasmado en su contundente obra que vinculó, tan prodigiosamente, el rigor metodológico del trabajo de campo, la incansable búsqueda en los archivos, el calmo y distendido diálogo con las comunidades, y el brillante y delicado realce de la belleza.

El trabajo de Raúl Molina nos permitió conocer y comprender los significados de la reforma agraria en el mundo campesino, pero especialmente lo que significa el habitar indígena, cuyo trabajo dejó huellas en las comunidades Huilliches de Chiloé y San Juan de la Costa, Pehuenche del Alto Bío-Bío, Coya del Huasco Alto, Atacameñas de San Pedro de Atacama y alrededores, y una larga y extendida lista de comunidades que lo vieron pasar en el camino para construir y reivindicar las demandas territoriales de quienes se vieron silenciados por tantos años. 

Su trabajo riguroso y serio, permitió dar forma a una tarea que se encaminó a través de la propuesta de creación del Fondo de Tierras y de Aguas que incluye Ley Indígena 19.253 de 1993, tarea que realizó para la Comisión Especial de Pueblos Indígenas (CEPI) en compañía de José Bengoa, Nancy Yáñez (hoy Presidenta del Tribunal Constitucional), Martín Correa, y tantas y tantos amigos a inicios de los años ’90. También por esos años, de su puño y letra, Raúl escribió para la Revista El Canelo la sección “La otra historia”, en la cual nos narraba, de manera sencilla, didáctica, gráfica y con su hermosa letra, sobre las diferentes etnias de nuestra tierra. Por esos mismos años, tuve la fortuna de conocerle, cuando yo aún era estudiante y cuando Raúl fue nuestro ayudante en el curso de Geografía Rural; en ese momento, nos invitó a acompañarle en el trabajo para la CEPI; a partir de entonces, nunca dejamos de tener contacto.

Por esos mismos años, Raúl nos invitó a trabajar en Alto Bio-Bío, cuando la central Pangue era sólo un proyecto y la central Ralco una amenaza para las comunidades de Quepuca Ralco y Ralco Lepoy. Visitamos Pitril, Cauñicú, Malla-Malla, Trapa-Trapa, El Avellano, El Barco, compartiendo con lonkos como Bernardino Huenupe, Sabino Salazar y Antolín Curriao, entre otros. Fue allá mismo donde Raúl nos presentó a las hermanas Berta y Nicolasa Quintremán. Raúl nos alentó a que en el año 1992 organizáramos como estudiantes de geografía el encuentro “América Latina: 500 años y Medio Ambiente”, que en estos días precisamente cumple 30 años desde su celebración. También nos apoyó activamente para organizar, en el verano del año 1993, trabajos voluntarios en Alto Bio-Bío, en talleres de educación popular orientados a informar a las comunidades sobre el impacto ambiental, territorial y cultural que tendrían las centrales hidroeléctricas del Alto Bio-Bío. Del taller “Río Arriba” quedaron unas maquetas del territorio que las comunidades atesoraron por años y que Raúl siempre recordaría.

Raúl además nos permitió sondear los misterios del Desierto de Atacama y su profundidad insondable, bajo la atenta mirada de quien observaba a través del detalle de los viejos escritos y crónicas, en una exploración que veía pasar sus pasos a través de la silenciosa y delicada pluma que recreaba no sólo los más mínimos detalles sino además, de la mano de su pincel, de sus acuarelas y sus grabados, aquella profundidad e intensidad contenida en esa “nada” plagada de tantos detalles, como él nos mostró. Raúl en su trabajo nos enseñó a ver que esa aparente “nada” del desierto, estaba llena de tanto que se hacía invisible a los ojos de quien no se detiene a realizar el genuino ejercicio de observar. 

En su espíritu de viajero a la vieja usanza, haciendo de la crónica un rico registro pormenorizado de detalles esenciales a la comprensión del territorio, Raúl nos regaló escritos que permanecerán como verdaderos tesoros geográficos. En esa aventura que fue la finalización de su tesis de Magíster en Geografía, que decidió concluir cuando ya poseía el grado de Doctor en Antropología, Raúl me pidió que fuese su profesor guía. Tal honor concedido, me puso en esa extraña situación de guiar a quien siempre había sido mi maestro, pero quizá sabiendo perfectamente que era más bien un regalo para mí, pues pude aprender mucho y disfrutar además de la belleza increíble de su trabajo. No me cabe duda que esta muestra de su infinita generosidad, era un gesto más de su entrega y amistad incondicional.

En su permanente derrotero, a Raúl no le bastó el territorio de nuestro continente ni el registro del geógrafo a través de su pluma, cartografía y dibujos. Sus viajes y exploración del Desierto del Sahara y del norte de África, así como el de muchos de los más desconocidos rincones del país en el norte y el sur, los dejó registrados en sus tintas y acuarelas que se sumaban a litografías, grabados y relieves. Su amor por las bellas artes siempre lo mantuvo vivo y en los años recientes, gran parte de su tiempo lo dedicaba al taller. Y también a las letras que lo aventuraron en la literatura, algo para lo cual tenía, qué duda cabe, el talento necesario para atrapar en el texto a quien leía sus escritos. Raúl era, por cierto, un artista completo, una suerte de espíritu renacentista en pleno siglo XXI, que amaba el despliegue de todos los talentos al fragor de una buena conversación acompañada de un buen café que tanto amaba. El saber en él, subyacía en la delicada y equilibrada armonía que había entre experiencia vivida, cultivo de las artes, estudio riguroso, pero sobre todo, en su generosa entrega a los demás.

Raúl nos enseñó a comprender que había muchas otras geografías en la concepción de un mundo diferente al tradicionalmente construido. En su permanente búsqueda, estaban el cine, la literatura, el relato, las artes plásticas, la crónica, la conversación profunda, la buena mesa, el café, las cabalgatas, las caminatas, la contemplación del cosmos, su amor a la aventura y en resumen, la experiencia de una geografía viva y siempre en diálogo con muchos otros saberes que permitían, de este modo, entender la dimensión profunda del territorio.

No me queda claro si la partida de Raúl en este largo viaje al que, por ahora, no lo podemos acompañar, es un final o más bien un inicio. Como suele pasar, es muy probable que su obra y trascendencia ahora comiencen a tomar más vuelo y presencia. Quizá ahora el valor fundamental de su generosidad se comprenda cabalmente, así como su sencillez, su alegría permanente, su profundo sentido pedagógico, su entrega y más aún, su sentido de la libertad. Quién sabe si ahora, esos gestos tan propios en él, como dejar siempre de lado los protagonismos, el cultivo abnegado del bajo perfil, abrir el paso y jugársela por los que vienen, o ese amor profundo por terminar lo iniciado, aunque para ello hubiese que volver atrás, asunto que para él no revestía problema alguno, permitan darle más valor aún a su inmenso legado.

Dar cuenta de su profusa obra no es tema aun. Será materia de un trabajo más exhaustivo y acabado, con sentido crítico y a modo de antología. No me cabe duda que sus archivos, notas, poemas, reflexiones, documentos, dibujos, litografías, grabados y ensayos, se podrán complementar con su abundante obra publicada, de la cual tuve la fortuna de compartir algunas en coautoría. Pero más allá de esas obras, las palabras y el abrazo del amigo son los que quedan en ese privilegiado lugar de la memoria. La memoria no sólo mía, sino de muchas y muchos que compartimos con él los diversos caminos que transitó.

Despedirlo puede ser injusto. Lo que corresponde a nuestro querido Raúl, es darle la bienvenida a la inmortalidad. Porque Raúl fue, tal como me lo expresara tan lúcidamente Manuel Prieto al enterarnos de la noticia, quizá el último naturalista entre nosotros.

 

Enrique Aliste Almuna

Profesor Titular

Premio Nacional de Geografía 2018 de la SOCHIGEO

Actual Vicerrector de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile

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