“El terremoto inauguró la fase formativa de la modernidad en Chile, colocando a Valparaíso en la vanguardia de las transformaciones sociales, institucionales, urbanas y arquitectónicas desarrolladas a nivel nacional”, plantea el académico del Instituo de Historia y Patrimonio (IHP) de la Facultad de Arquitecura y Urbanismo de la U. de Chile, Prof. Mario Ferrada, en su estudio Terremoto de Valparaíso. 1906: Modernidad, reconstrucción y patrimonio.
La afirmación permite mirar el desastre desde una perspectiva que va más allá de la emergencia. El terremoto obligó a enfrentar problemas que la ciudad arrastraba desde antes, como la precariedad habitacional, la insalubridad, las inundaciones y las deficiencias de sus construcciones. En el barrio El Almendral, una de las zonas más afectadas, desaparecieron 41 manzanas y quedó expuesta la fragilidad de una ciudad que había crecido rápidamente al ritmo de su actividad portuaria y comercial.
El impacto humano fue enorme. Ferrada estima que el sismo dejó alrededor de 3.000 fallecidos y 60.000 damnificados, además de provocar un tsunami moderado y una sucesión de incendios en la planta urbana y los cerros. La ciudad quedó incomunicada con Santiago y con las localidades del interior, dificultando las labores de socorro y el abastecimiento de medicamentos y alimentos.
La emergencia sanitaria fue otro de los grandes desafíos. Los fallecidos y heridos se acumulaban en calles, plazas y templos, mientras los equipos médicos intentaban responder a una situación inédita por su magnitud. El médico José Grossi, encargado de organizar un servicio médico especial, describió posteriormente la urgencia de retirar los cadáveres ante el riesgo sanitario.
Pero el terremoto también puso en evidencia las profundas desigualdades que existían en Valparaíso. La ciudad había recibido durante décadas a trabajadores vinculados a la actividad portuaria y minera, especialmente durante el auge del salitre. Una parte importante de esa población habitaba en conventillos y viviendas colectivas que presentaban graves condiciones de hacinamiento e insalubridad.
“El sismo aumentó el problema habitacional para un amplio contingente de familias”, explica Ferrada, al recordar que la Ley de Habitaciones Obreras había sido promulgada apenas meses antes del terremoto y que el Estado no estaba preparado para enfrentar la magnitud de la emergencia.
La reconstrucción, por lo tanto, no podía limitarse a levantar nuevamente los edificios destruidos. El desastre abrió la posibilidad de imaginar otra ciudad. En octubre de 1906, el Presidente Pedro Montt planteó ante el Congreso la necesidad de aprovechar la oportunidad para transformar Valparaíso, cuestionando el antiguo trazado de calles angostas y tortuosas y las dificultades derivadas de los desniveles y las inundaciones.
Esa idea se convirtió en uno de los elementos centrales del proceso posterior al terremoto. La reconstrucción comenzó a ser entendida como una oportunidad para introducir nuevos criterios urbanos, sanitarios, arquitectónicos y constructivos. El desastre, en ese sentido, aceleró transformaciones que ya estaban comenzando a desarrollarse en el país.
Uno de los ámbitos donde la transformación fue particularmente relevante fue el estudio científico del riesgo sísmico. Después del terremoto, el Gobierno contrató al sismólogo francés Fernand Montessus de Ballore para estudiar las condiciones de las construcciones chilenas y establecer un registro instrumental de los terremotos. Su trabajo sería antecedente para la creación, el 1 de mayo de 1908, del Servicio Sismológico Nacional, dependiente de la Universidad de Chile.
También cambió la relación entre arquitectura e ingeniería. Los estudios realizados después del terremoto permitieron evaluar los tipos de suelo, los sistemas constructivos y las fallas que habían contribuido al colapso de las edificaciones. Comenzaron a cobrar importancia las albañilerías reforzadas, el hormigón armado, las estructuras metálicas y los sistemas de madera.
El Prof. Mario Ferrada destaca que este proceso significó que la arquitectura debiera incorporar con mayor fuerza una lógica racional y constructiva aportada por la ingeniería. En paralelo, en 1907 se fundó la Sociedad Central de Arquitectos, un hito para la organización formal de la profesión en Chile.
El gran laboratorio de esta transformación fue El Almendral. Allí se concentraron buena parte de las acciones de reconstrucción, que se extendieron entre 1909 y 1925. Se creó una Junta de Reconstrucción, integrada por autoridades, representantes de los vecinos, comerciantes e ingenieros, encargada de coordinar expropiaciones, apertura y ensanche de calles, habilitación de áreas verdes y espacios públicos y construcción de nuevas edificaciones.
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Plano de las zonas con mayor daño experimentado con el sismo de 1906 y las manzanas posteriormente incendiadas. Fuente: Rodríguez Rozas, Alfredo y Gajardo Cruzat, Carlos. La catástrofe del 16 de agosto de 1906 en la República de Chile. Santiago de Chile, Imprenta Barcelona, 1906.
El proceso no estuvo exento de conflictos. Existían distintas visiones sobre cómo debía ser la nueva ciudad. Algunas posiciones defendían una modernización radical, mientras otras buscaban conservar parte de los rasgos existentes en El Almendral. Finalmente, el ingeniero Alejandro Bertrand Huillard evaluó las distintas propuestas y elaboró un plan que buscó equilibrar modernización, viabilidad y economía.
El Plan de Reconstrucción de El Almendral fue aprobado mediante el Decreto Supremo N° 1.302, el 30 de marzo de 1909. Para Ferrada, se trató de un momento excepcional en la historia urbana chilena: por primera vez se enfrentaba integralmente la reconstrucción de un área urbana destruida por un terremoto mediante criterios técnicos, herramientas financieras y una institucionalidad creada especialmente para ese propósito.
La reconstrucción transformó profundamente el paisaje porteño. Se abrieron nuevas calles, se ensancharon avenidas como Brasil y Pedro Montt, se regularizaron conexiones entre los cerros y el plan y se incorporaron nuevas tipologías de vivienda, comercio, equipamientos y servicios.
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Fábrica de galletas Hucke de El Almendral en 1948. El edificio fue reconstruido en 1908 mediante sistema de piezas metálicas ensambladas. Fuente: colección Mario Ferrada.
Para el académico del IHP, El Almendral se convirtió así en expresión de una primera modernidad urbano-arquitectónica chilena. “Valparaíso se alzó como centro innovador y lugar de experimentación de nuevos conceptos, técnicas proyectuales, tecnologías y sistemas constructivos”, sostiene.
Sin embargo, la historia de esa modernización también contiene una dimensión social que no puede ser ignorada. La reconstrucción favoreció principalmente un proyecto impulsado por las élites político-empresariales de la época. La valorización del suelo en el plan, junto con el crecimiento del comercio y la actividad constructiva, no significó necesariamente una mejora de las condiciones de vida de los grupos más vulnerables.
El aumento de los valores de arriendo obligó a numerosas familias obreras y de sectores medios a desplazarse hacia las zonas altas de los cerros. De esta manera, la reconstrucción contribuyó también a consolidar una periferia socioespacial en Valparaíso.
A 120 años del terremoto, el académico Mario Ferrada propone volver la mirada hacia ese legado. El patrimonio que surgió de la reconstrucción de El Almendral constituye, a su juicio, una parte fundamental de la historia urbana y arquitectónica de Valparaíso, pero enfrenta actualmente una situación crítica. El diagnóstico es directo: “El barrio vive un segundo terremoto, pero, en este caso, por causas humanas y no naturales”, afirma Ferrada, al referirse al deterioro físico, funcional y social, al abandono de inmuebles, la pérdida de población y la ausencia de una estrategia de desarrollo de largo plazo.
El dato patrimonial permite dimensionar la magnitud de ese legado. En el área de El Almendral existen aproximadamente 1.995 inmuebles, de los cuales 759 fueron construidos durante las primeras tres décadas del siglo XX, como parte del proceso de reconstrucción posterior al terremoto. Allí se reconocen distintas tipologías de vivienda, comercio, vivienda colectiva, equipamientos y servicios, además de soluciones constructivas que incorporaron las lecciones aprendidas después del sismo.
Vista aérea del barrio El Almendral en la actualidad. Fuente: Centro de estudios para el Desarrollo Urbano Contemporáneo (DUC Valparaíso).
Pero ese patrimonio se encuentra sometido a un deterioro acumulativo. Edificios abandonados, subutilizados o incendiados, sitios eriazos, demoliciones y nuevas construcciones que no siempre consideran las características del entorno han ido fragmentando el paisaje urbano.
A ello se suman la pérdida de espacio colectivo, el comercio ambulante, los problemas de seguridad, la débil conexión entre el plan y los cerros y la insuficiente inversión en conservación y mejoramiento urbano.
La protección normativa tampoco alcanza a todo el conjunto. De los 759 inmuebles ubicados en el polígono de reconstrucción, solamente 162 —un 21,3%— cuentan con protección como Inmuebles de Conservación Histórica o forman parte de una Zona de Conservación Histórica. Además, 21 inmuebles han sido declarados Monumentos Históricos bajo la Ley de Monumentos Nacionales.
Por eso, para Ferrada, conservar no significa congelar Valparaíso. Al contrario, el patrimonio puede convertirse en un recurso para el desarrollo contemporáneo de la ciudad, siempre que exista una estrategia capaz de combinar recuperación urbana, nuevos usos, inversión y calidad de vida para sus habitantes.
“La conservación de este patrimonio no debe limitar la necesidad de un desarrollo contemporáneo”, plantea. La tarea, agrega, pasa por reinterpretar los nuevos modos de vida, promover proyectos arquitectónicos y urbanos creativos y utilizar el patrimonio como parte de una respuesta a los problemas sociales y económicos que enfrenta Valparaíso.

Edificación de valor en calle Victoria, incendiada en 2021. Fuente: Mario Ferrada.
En ese desafío, uno de los puntos centrales es evitar que la recuperación patrimonial termine expulsando a quienes actualmente viven en el barrio. Ferrada advierte sobre la necesidad de evitar procesos de gentrificación y comercialización del patrimonio que hagan que los beneficios de la recuperación no lleguen a sus habitantes.
“La inversión en los proyectos que se requiere implementar, no debe promover el aumento injustificado de los valores del suelo y de las propiedades, con la meta de que sean los propios habitantes quienes se beneficien del proceso de recuperación”, sostiene.
La mirada hacia el futuro, entonces, vuelve inevitablemente al terremoto de 1906. Si aquel desastre permitió construir una nueva institucionalidad, incorporar conocimiento científico, transformar los sistemas constructivos y desarrollar un ambicioso proyecto de renovación urbana, la pregunta actual es qué puede aprender Valparaíso de aquella experiencia.
Para Ferrada, la respuesta requiere educación patrimonial, gestión compartida entre organismos públicos, privados, especialistas y comunidad, recuperación de la población residente y una estrategia urbana que vincule conservación y desarrollo.
Su conclusión es también una propuesta: “Después de 120 años del terremoto de 1906, es necesario un nuevo Plan de Reconstrucción para Valparaíso”.
La reflexión cobrará especial relevancia el próximo viernes 28 de agosto, cuando se realice el seminario “120 años del Terremoto de 1906 en Valparaíso”, instancia organizada por el Programa de Magíster en Interveción del Patrimonio Arquitectónico de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile en colaboración con la Biblioteca Santiago Severin, la Universidad de Playa Ancha, la Universidad Federico Santa María y el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. En el evento expondrán el Prof. Dr. Mario Ferrada y el Prof. Alberto Texidó, ambos de la FAU. La actividad se desarrollará en la sede de la Biblioteca Santiago Severin, ubicada en Plaza Simón Bolívar n° 1653, Valparaíso.
A 120 años del terremoto, la historia vuelve a ofrecer una oportunidad para mirar la ciudad no solo desde sus ruinas, sino también desde lo que fue capaz de construir después de ellas. El desafío contemporáneo, según la perspectiva de Ferrada, consiste en recuperar esa capacidad de transformación sin perder la memoria urbana, arquitectónica y social que hace de Valparaíso una ciudad única.

