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“La independencia de Chile también se construyó a través de la tipografía”

“La independencia de Chile también se construyó a través de la tipografía”

La historia de Chile también puede leerse a través de sus letras. Esa es una de las ideas que atraviesa Orígenes de la tipografía en Chile, libro del académico del Departamento de Diseño de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Prof. Roberto Osses, recientemente relanzado en una edición ampliada y actualizada.

La publicación estudia el desarrollo de la tipografía chilena entre 1776 y 1817, abordando desde los primeros impresos coloniales hasta la consolidación de la imprenta durante el proceso de Independencia. Más que una historia técnica, el libro propone comprender la tipografía como una herramienta cultural y política clave en la construcción del país.

Originalmente publicado en 2017 por Ediciones Biblioteca Nacional, el volumen tuvo una circulación limitada. Hoy, gracias a una nueva edición impulsada por Provincianos Editores, el texto vuelve a ponerse en circulación incorporando nuevos antecedentes y hallazgos reunidos durante los últimos años.

En paralelo, Osses desarrolla nuevos proyectos vinculados al diseño tipográfico y la materialidad del territorio. Uno de ellos es “Flor de Cobalto”, iniciativa creada junto a la diseñadora industrial de la FAU Paula Lobiano, que combina una tipografía digital inspirada en el desierto de Atacama con pigmentos minerales elaborados a partir de rocas recolectadas en antiguas zonas mineras de Huasco y Freirina.

¿Cómo surgió la idea de investigar los orígenes de la tipografía en Chile?

La investigación comenzó alrededor de 2014, luego de que realizara estudios vinculados a la edición de libros. En ese momento me di cuenta de que existían investigaciones sobre la historia de la imprenta, pero muy pocas enfocadas específicamente en la tipografía en Chile.

Eso me llevó a profundizar el tema y convertirlo en un proyecto de investigación más amplio. Postulé a fondos de cultura y, cuando se adjudicaron, pude sistematizar el material, revisar archivos y avanzar en la escritura del libro.

La primera edición apareció en 2017 publicada por Ediciones Biblioteca Nacional, pero prácticamente no circuló fuera de ese espacio. Entonces, años después, Provincianos Editores me propuso reeditarlo y actualizarlo.

En un comienzo pensé que quizás no era necesario volver a publicarlo, pero durante este tiempo aparecieron nuevas investigaciones y antecedentes que enriquecieron el contenido. Además, muchas personas insistieron en la importancia de que el libro pudiera llegar realmente a estudiantes, investigadores y público general.

En el libro se revela que la tipografía tuvo un rol fundamental durante la Independencia. ¿Qué hallazgos te parecen más significativos?

Creo que uno de los hallazgos más interesantes es comprender que la independencia no fue solamente un proceso militar, sino también cultural. Cuando se instala la idea de iniciar el proceso independentista, el gobierno patriota entiende rápidamente que también debía disputar las ideas.

Por eso, cuando se solicita apoyo desde Estados Unidos, junto con armas y municiones también se pide imprenta y tipografía. Eso demuestra la enorme importancia que tenía la palabra impresa en ese momento.

La tipografía era fundamental porque permitía difundir discursos políticos, periódicos y documentos. La independencia también se construyó a través de la palabra impresa.

Hay episodios muy simbólicos. Durante la Reconquista, por ejemplo, los patriotas retiraron los tipos móviles antes de abandonar Santiago. La imprenta seguía ahí, pero faltaban las letras. Los españoles tuvieron que recurrir a tipos antiguos y desgastados para volver a imprimir sus publicaciones oficiales.

Otro momento clave fue la impresión de la Declaración de Independencia. Los historiadores dicen que la independencia se consolida verdaderamente cuando ese documento logra imprimirse. Para eso fue necesario traer nuevos tipos móviles y una nueva prensa, porque el documento debía estar a la altura del momento histórico.

Uno de los aportes del libro es identificar las tipografías y procesos técnicos utilizados en los primeros impresos nacionales. ¿Cómo fue ese trabajo de reconstrucción histórica?

Fue un trabajo largo y muy detallado. Estudiar tipografía histórica implica observar cuidadosamente las formas de las letras, el desgaste de los tipos, las irregularidades de impresión y los sistemas técnicos utilizados.

Muchas veces hubo que comparar documentos, revisar colecciones patrimoniales y reconstruir información fragmentada. Pero justamente eso permite comprender que los impresos son mucho más que simples soportes de texto.

El objeto impreso es memoria material. Un libro o un periódico antiguo conserva huellas del contexto político, cultural y técnico en que fue producido. Por eso me interesa tanto estudiar la materialidad del libro y de la tipografía.

Creo que todavía falta mucho desarrollo en esta área en Chile. Existen investigaciones sobre papel, encuadernación o procesos de impresión, pero la tipografía sigue siendo un campo menos explorado y con mucho potencial.

¿Por qué consideras importante volver a mirar la materialidad de los libros y los impresos en la era digital?

Porque los impresos siguen siendo objetos culturales que contienen memoria. La tipografía no es solamente una cuestión estética; también organiza la lectura y construye formas de relación entre las personas.

Estudiar un libro antiguo permite ingresar al pasado desde otra dimensión, no solo a través del contenido escrito, sino también desde el objeto mismo: cómo fue impreso, con qué materiales y bajo qué condiciones culturales.

El Archivo Central Andrés Bello se encuentra un ejemplar que se sitúa dentro de los primeros libros impresos en el mundo.

Me parece importante ampliar las perspectivas de estudio sobre el libro y entenderlo desde todas sus materialidades. La tipografía forma parte fundamental de esa experiencia y todavía tiene mucho espacio para desarrollarse como área de investigación.

Este primer volumen aborda el período entre 1776 y 1817, pero ya proyectas nuevas investigaciones. ¿Qué temas esperas desarrollar en los próximos tomos?

El segundo tomo está pensado para abordar el período entre 1817 y 1833, es decir, el momento en que la República comienza a consolidarse.

Hay una historia que me parece muy significativa para entender esa continuidad. En 1812, durante una celebración de la independencia de Estados Unidos, los tipógrafos que trabajaban en La Aurora de Chile tuvieron un conflicto y varios quedaron fuera de circulación temporalmente. En ese contexto, un joven aprendiz llamado Manuel José Gandarillas debió hacerse cargo de imprimir el periódico.

Años más tarde, ese mismo joven participó en la redacción de la Constitución de 1833. Me parece muy interesante observar cómo alguien formado en la práctica tipográfica termina influyendo directamente en las bases institucionales del país.

En el próximo volumen me interesa estudiar documentos como la Declaración de Independencia, El Mercurio de Valparaíso y la Constitución de 1833, además de analizar cómo comienzan a surgir talleres privados de impresión en Chile.

Junto a esta reedición también presentaste “Cobaltera”, una nueva tipografía inspirada en el desierto de Atacama. ¿Cómo nació ese proyecto?

Ese proyecto nació junto a Paula Lobiano, diseñadora industrial de la FAU. Postulamos una iniciativa orientada a desarrollar una tipografía inspirada en antiguas zonas mineras de cobalto cercanas a Huasco y Freirina.

La idea era trabajar tanto desde la dimensión material como inmaterial del territorio. Recorrimos la zona, recolectamos minerales y comenzamos a reflexionar sobre conceptos asociados al paisaje del desierto.

Aparecieron ideas como el silencio, el vestigio y el florecer. Yo empecé a traducir esos conceptos a la forma de las letras y desarrollé una tipografía digital de libre uso llamada “Cobaltera”.

Paralelamente, Paula elaboró pigmentos minerales a partir de las rocas recolectadas en el territorio. Con ellos se imprimieron láminas serigráficas que presentan la tipografía utilizando materiales provenientes de la propia zona.

¿Qué buscan transmitir con esta propuesta?

La idea es generar una relación entre territorio, memoria y diseño. Hay un rescate inmaterial a través de la tipografía y también un rescate material mediante los pigmentos minerales.

Además de la exposición, el proyecto contempla talleres abiertos a la comunidad en Huasco y posteriormente en la Biblioteca Nacional. Nos interesa que el diseño pueda dialogar con las personas y con los territorios, no solo desde la exhibición, sino también desde la experiencia y la participación.

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